domingo, 29 de marzo de 2020

LOS VALORES HUMANOS Y EL MAL.




LOS VALORES HUMANOS Y EL MAL.
Si se tratara de definir los valores, podemos decir que son características de las que  gozan las personas de buena voluntad y que enriquecen su vida, que el vivirlos le hace mejor, como persona, y como ser que pertenece a la raza humana. Por lo que es justo hablar de valores sociales, cuando se dan en un grupo humano, pero tenemos que medir dichos valores de acuerdo a criterios que provienen de las costumbres, la cultura, la religión, daré un ejemplo. En algunos lugares el robar una gallina para alimentar a hijos con hambre merece, en justicia, perdón; y el mismo, acto en otra cultura realiza la justicia, cortándole la mano al infractor. Vaya diferencia. La principal característica de los valores nuestros está en que se fundamentan en el amor a Dios y al prójimo, y que buscan la armonía en la vida entre nosotros y nos preparan para la trascendente. El vivir los valores tradicionales humanos, significa una vida social mejor, mas rica en sus relaciones con Dios y entre los seres humanos, y entre las naciones.  

 LOS VALORES.
Cuando hablamos de valores humanos, debemos considerar que estos no son algo como asuntos que se encuentren en departamentos estancos, sino que forman un sistema en el que están concatenados unos a otros, como ejemplo tomemos: la justicia, el amor, la humildad, el respeto, la alegría, la felicidad, la prudencia,  la caridad, los principios de solidaridad y subsidiaridad, la paciencia, la templanza, la diligencia, etc. estos se dan en todas las personas de buena voluntad además de muchos otros que se irán mencionando, no es necesario dar explicaciones de como se relacionan entre si, y para evitar múltiples repeticiones, eso de momento los dejamos de lado. Como se observa no son ajenos unos a otros, sino que se da cierta conexión entre ellos, son parte de nuestra personalidad individual, así vemos en las otras personas que algunos destacan mas que otros, a ejemplo se pueden mencionar algunos de estos, como son tantos no se consideren estas menciones sino parciales: amar, poseer, valorar,  vivir, difundir, enseñar, practicar y para entenderlos mejor, se pueden calificar. Se trata de  vivirlos todos, por lo que no debemos  excluir algunos y solo practicar otros, los valores como las virtudes, y por ello se les califica como un todo, como un sistema, se deben de considerar en su conjunto. La persona que vive los valores, los incluye a todos, a eso le llamamos vivir  adecuadamente, practicar obras buenas, tantas como podamos. 
Se pueden hacer diversas clasificaciones, doy como ejemplo las siguientes, siempre en menciones parciales y como se observará muchos  valores pueden estar en varias de las clasificaciones, pero solo he procurado mencionarlos en una sola para evitar múltiples repeticiones. Pues  se sobrentiende su relación .
Nos podemos plantear en primer término lo que se debe de entender por valor, en este caso “valores humanos”: Son cualidades,  virtudes, características,  de signo positivo que se dan en la conformación de la personalidad de cada uno de nosotros. Son aquello que deseamos que estén comprendidos en nuestro comportamiento, que se apliquen en los casos en que son requeridos, siendo estos casos, en ocasiones, de una constancia existencial sorprendente, como el de la educación, las buenas maneras, etc., para las personas de buena voluntad,  los valores son algo en lo que creemos, sabemos que son buenos intrínsecamente, procuramos esmerarnos en su cumplimiento, sabemos que nos hacen mas personas, mas humanos. Nos interesa formarnos en ellos, en su práctica, en su cumplimiento y muy importante es el introducir a los menores en su enseñanza, recordando que es con el ejemplo con lo que mas y mejor enseñamos a las nuevas generaciones.
Se observará que no hemos hecho una clasificación de “valores morales”, pues estos se diseminan en todas las mencionadas aquí. Hay también quien da mucha importancia a una orden de prioridades, en materia de valores, lo que no está mal, ni mucho menos, pero yo pienso que, en todo caso, priorizarlos es necesario en los casos de dificultad de su realización personal, o en caso de darles, por nuestro tipo de existencia,  una necesidad especial. Pero la realidad es que en tanto sistema, debemos tratar de vivirlos todos, siempre y en todas nuestras acciones. Otro aspecto es el de que para mejor entender los valores, repito, algunos hay que calificarlos, así se distinguen y se entienden claramente. Conviene tomar en cuenta, que las personas que intentamos en nuestras vidas la praxis de los valores, no es que nos distingamos por ser mejores que los otros, sino porque somos, en todo caso, mas responsables, mas humanos, lo que no es poco. A continuación se dan solo a forma de ejemplo, unas clasificaciones a priori:

VALORES RELIGIOSOS: amor a Dios y a sus criaturas, deseo de salvación, caridad a Él y sus criaturas, piedad, devoción, oración en sus diversas formas, como meditación, rezo, hablar con Dios, adoración, mortificación (que es oración de los sentidos), apostolado, perdonar, agradecer, tener misericordia, intolerancia, arrepentimiento, castidad y pureza, intransigencia,

VALORES FAMILIARES: amor conyugal, amor a los hijos, educación de la prole, ejemplo de vida, responsabilidad, orden, higiene, cooperación, amor fraternal, intimidad, sentimiento, enamorarse, preocuparse, armonía, abnegación, generosidad,

VALORES SOCIALES: buen trato a los demás, ser ciudadano ejemplar, amistad, buenos modales, amabilidad, sonreír, respeto, subsidiar, ser solidario, estudio, motivación, perfeccionarse, cumplir, comprensión, concordia, tolerancia, paz, cortesía, convivencia, coexistencia, colaboración, subsidiaridad y solidaridad,  

VALORES ETICOS;  honradez, veracidad, diligencia, justicia, empatía, discernimiento, logros, convencer, valorar, equidad, autodominio,

VALORES PERSONALES: sosiego, serenidad, compañerismo, calma, esfuerzo, humildad, experiencia, humanismo, cercanía, descubrir, sencillez, altruismo, inteligencia, cultura, confianza, superación,  

VALORES EN LA ENFERMEDAD, peligro, urgencia, valentía, disciplina, priorizar, actuar, ayudar, sumisión, cooperación, bondad, conmoverse, reaccionar, darse, ser comprensivo, considerar, vencer, ingeniarse,

VALORES SOBRENATURALES, si abrimos esta clasificación con los valores religiosos,  la cerramos con los valores que están sobre todos los humanos, naturales, son  sobrenaturales:  La santificación de la vida ordinaria, la filiación divina, el acercarse a los Sacramentos, el tratar de ser perfectos, la imitación de Jesucristo, el ser y mantenerse templos del Espíritu Santo, ser santos como Dios es Santo.
Como se comprende estas listas pueden irse aumentando, pero para el caso creo que bastan, al dar la idea que se pretende.

EL MAL.
Armonizar a un Dios bueno con el mal es algo que no es de fácil explicación y es de mucho mas difícil entendimiento, ¿cómo comprender a Dios como providente, ejemplo de todas las virtudes, las  mas sublimes, la belleza, la bondad, la inteligencia, la sabiduría, etc.  todas en grado inconmensurable, creador de todas las maravillas, que conocemos y las que sabemos que existen aunque no las conozcamos, y que ¡dentro de toda esa maravilla, exista mal?.  
Continuamos con las enseñanzas de los grandes pensadores, teólogos , filósofos de la cristiandad, que nos dan explicaciones. Y recurrimos a explicaciones científicas que son conocidas en forma generalizada. Lo primero que conviene dilucidar es que hay mal físico y mal moral.  Como ejemplos de males físicos tenemos: temblor, o terremoto, maremoto o tsunami, como se le quiera llamar son movimientos telúricos, que son necesarios para que este planeta sea habitable, las exhalaciones volcánicas, las erupciones no pueden dejar de darse, los movimientos de las placas tectónicas, la estructura de nuestro cosmos las hace naturalmente necesarias, y cuestiones parecidas se dan en los movimientos de aguas que conocemos como inundaciones de varios tipos, o cambios de las temperaturas tanto de intensos fríos como de calores muy difíciles de soportar, y todo ello se convierte en mal para ciertas  comunidades humanas. Pero en esto lo que tenemos que observar, antes que nada, es que se trata de mal que existe en el bien.
 El odio, la inmoralidad, el desprecio, la soberbia, la avaricia, la pereza, son males que podemos catalogar como espirituales. Otro aspecto es que un mal físico pude ser mal moral y viceversa. Ej. El crimen.
Por otro lado se nos enseña que el mal no es una esencia o substancia sino mas bien es una ausencia, o carencia, como se comenta mas adelante. El mal no tiene causalidad propia, menciono algunos:
 MALES MORALES: frustración, desesperación, deshonestidad, desagradecimiento, Intransigencia, irresponsabilidad, arrogancia, odio, desigualdad, pereza, guerra, traición, corrupción, deshumanización,
MALES FÍSICOS y psicológicos: enfermedades,  depresión,  locura,
Ahora vamos a tratar de dilucidar algo en esa dicotomía que se da entre el bien y el mal. Permítanme recordarles que este es un problema de hace muchos siglos, que se ha tratado por las mentes mas preclaras de la humanidad, y no se tiene una solución perfecta que deje a todos contentos. Para empezar me gustaría recordarles esta frase inmortal de platón: “Debemos buscar para nuestros males otra causa que no sea Dios”.
El mal nos ha acompañado históricamente a los hombres siempre, desde nuestros primeros padres y su descendencia inmediata, como es bien sabido. ¿Existe el mal?, si es innegable, pero tiene ciertos aspectos no muy frecuentemente comentados como el de la carencia, que enseña Santo Tomás, doy unos ejemplos:
La enfermedad es carencia de salud.
La pobreza es carencia de recursos.
La estulticia es carencia de razonamiento adecuado.
La fealdad es carencia de belleza.
El frio es carencia de calor. Y viceversa.
La ignorancia es carencia de cultura.
Vulgaridad, ausencia de educación.
Mentira o equivocación carencia de la verdad.
Odio, físico y espiritual, como falta de amor o misericordia.
Infidelidad, que es la falta de fe.
El Pecado, (considerado el único mal absoluto) desobediencia a la divina voluntad.
Esto ya descalifica a algunos supuestos males que en realidad no lo son, lo parecen, pero no son males en sí, sino que son situaciones causadas por agentes externos, su carencia o su exceso, pensemos en una inundación, es causada por un desorden en ocasiones muy lejano al lugar que la sufre. O en un movimiento telúrico que afecta las viviendas de una población, es algo grave, mas no es un mal del sitio, es ajeno.
Todos somos sujetos del mal, los hay graves, leves, duraderos, cortos, fatales, sutiles, intensos, ahora mismo nuestro planeta está empezando a sufrir una pandemia llamada Coronavirus, hay males que se sabe que vienen, otros nos sobresaltan,  entre las naciones las guerras tienen una frecuencia que nadie quisiera. Un hombre le puede causar un mal a otro o a muchos, lo mismo podemos decir de las naciones, hay males que provocamos y males que padecemos, lo que éticamente, puede ser calificado como problema, y por supuesto digno de solución.
Para San Agustín la cuestión del mal fue muy importante, y tuvo arrepentimiento profundo de cosas que realizó, con conciencia de que eran malas, tomemos una frase suya de sus Confesiones. “Busqué entonces qué era la maldad, y no hallé que fuese sustancia alguna, sino desorden de la voluntad”,  para él, radica el mal en la voluntad del hombre, en su indolencia.
La Iglesia nos menciona y con toda razón dos desencadenantes del mal, el primero es Lucifer, el ángel caído, y el otro es el pecado de Adán y Eva.. Cada quien deberá de llegar a sus propias conclusiones sobre estos hechos.
El mal moral es aquel que podemos realizar en contra de nosotros mismos o de los demás, consiste en dolor y/o  sufrimiento, se generan en el hecho de nuestra libertad, la cual llega a grados de corrupción física o moral graves. Se define por su intencionalidad,  perversidad, y puede ser casual, inconsciente. Pero radica siempre  en el libre albedrío. Puede ser mal físico o moral y generar: sufrimiento, dolor, tristeza.
Dios es causa de todo pero debemos de tomar en consideración, precisamente que hay causas directas, el hombre las asume, y hay causas remotas, Dios es causa remota, en el caso de lo que el hombre causa directamente, en buen o mal uso de su libertad.
 Podemos observar en la naturaleza la regeneración, fuera del caso de las causas humanas, la naturaleza tiende a regenerarse sola, ejemplo de los incendios naturales, las floras y faunas afectadas tienden solas a regenerarse, y alcanzan su equilibrio natural.
Dios es causa directa del ser humano, pero es el hombre la causa directa de sus actos, de sus defectos, aquí podemos contrastar el verdadero bien, los valores humanos, con nuestros males, los que Dios permite,  porque no nos quita la libertad, se nos dice, en especial a través de su Hijo, Jesucristo, Segunda Persona de Santísima Trinidad Dios hecho hombre, en su maravillosa Doctrina, llena de enseñanzas, cual es su voluntad en cuanto al libre actuar del ser humano, el que encuentra su plena realización precisamente en el cumplimiento de su Divina Voluntad, además dándonos la oportunidad de ser perdonados en los incumplimientos de ello. El tener valores se finca precisamente en el cumplimiento de dicha Voluntad Divina, y en tanto seres llenos de imperfecciones, su amor nos proporciona los dones de Fe y razón. Bien visto esto nos lleva a un agradecimiento tal que nada respetamos mas en este mundo que esas enseñanzas reveladas que el Magisterio de la Iglesia administra, enseña, y cuida, auxiliado por el Espíritu Santo, para la perfecta interpretación de todo lo revelado.
Las revoluciones culturales van y vienen, reinan y caen, pero las enseñanzas reveladas son perenes, y leen los signos de los tiempos, para darles la interpretación que corresponde, sin apartarse un ápice de la Doctrina Cristina, y así será hasta el fin de los tiempos.
Jorge Casas y Sánchez.

lunes, 2 de marzo de 2020

VIRTUD DE LA CARIAD, EN NUESTRO DECIR DE PALABRA O POR ESCRITO.


VIRTUD DE LA CARIDAD, EN NUESTRO HABLAR.
Precisemos conceptos: Caridad no es filantropía, que es un bello acto humanitario. No es dar limosnas a los pobres o pagar diezmos a la Iglesia al asistir a la Santa Misa, la limosna es obligatoria y habla bien de quien la da,  pero es efecto de la Caridad y muy importante y necesaria. Lo mismo se puede decir de la filantropía.
La Caridad es el amor sobrenatural a Dios, y por este a los hombres, a todas las personas humanas. Esto es lo que nos distingue a los cristianos, y nos permite perfeccionarnos como tales.
La Caridad es operativa, es fecunda, no es un amor ocioso, es orientado a Dios, como la madre vive para su hijo pequeño, por amor, así debemos nosotros simples criaturas amar a nuestro Creador. Allí vemos como la Caridad motiva todas nuestras acciones. Vivir la Caridad, implica vivir intensamente la filiación divina, comportarnos como lo que somos, hijos de Dios.
Esto implica  nuestro modo en el hablar, hagamos introspección sobre nosotros mismos, ¿murmuramos, criticamos, difundimos rumores?, en esto podemos estar faltando a la Caridad, debemos permanecer en la palabra como discípulos de Cristo que nos dice: “Si vosotros permanecéis en mi palabra, sois en verdad discípulos míos, conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres”. Nuestro diálogo con Dios debe ser permanente, lo que nos lleva a ser prudentes en nuestro hablar, con y de los demás. No todo hablar necesita de las palabras, para con Dios no son necesarias, y para con los hombres hay silencios que expresan mucho.
Al hablar no solo transmitimos un mensaje, sino que cierta manera nos damos a nosotros mismos, nuestro hablar, habla de nosotros, de allí que debemos hacerlo caritativamente. Hablar siempre con sinceridad, nunca con mentira, la mentira es el idioma de los hipócritas, ¿no es verdad que queremos sentirnos auténticos?, la mentira nos hace falsos, socava las relaciones sociales, atenta contra el derecho de los otros de conocer la verdad. Quien miente se ama desordenadamente a si mismo, busca engañar a los demás e implicarlos en la mentira. Basta con lo dicho para entender su connotación esclavizante. Para los que piensan que es legítimo  hablar mal de quien se lo merece, el Papa Francisco nos enseña, ve y reza por él.
Preguntémonos, ¿soy motivo de división en mi ambiente, digo falsedades o participo y esparzo rumores?. Si es así pensemos que a nada bueno conduce y si puede causar mal a un inocente. Alguien con acierto dijo que las mentiras que decimos, no son algo que se llevará el viento, sino que son algo que nos corroe dentro.
Jesucristo alaba a Nicodemo, al decir que en el no hay doblez, y nos enseña que: “vuestro modo de hablar sea  Si, si;   no, no. Lo que exceda de esto, viene del Maligno. (Mt 5, 37)
El Catecismo de la Iglesia Católica dice textualmente en 2464:
“El octavo mandamiento prohíbe falsear la verdad en las relaciones con el prójimo. Este precepto moral deriva de la vocación del pueblo santo a ser testigo de su Dios, que es y quiere la verdad. Las ofensas a la verdad expresan, mediante palabras o acciones, un rechazo a comprometerse con la rectitud moral: son infidelidades básicas frente a Dios y, en este sentido, socavan las bases de la Alianza”.
Y en 2465, “El Antiguo Testamento lo proclama: Dios es fuente de toda verdad.  Su palabra es verdad. Su ley es verdad”.  Y nos da otras citas igualmente importantes.
 Lo que nos lleva a, nuevamente considerar que lo propio del buen cristiano es profundizar en la verdad de todos los aspectos que nos conciernen. La verdad para nosotros debe ser incansable búsqueda de la misma a lo largo de nuestra existencia consiente. Sin duda ejercemos la Caridad  al nunca hablar si no estamos seguros de que lo que estemos diciendo se apega a la verdad.
El buen cristiano no es que tenga ventajas superiores a las de los demás, lo que tenemos es exigencias superiores a las de los demás. No sabemos cuanto mal puede causar el hablar mal de alguien, el murmurar aunque nos parezca leve, el alcance puede ser inimaginable. No podemos expresar debidamente inconformidades con insultos, el buen uso del lenguaje es lo apropiado, y este puede ser tan duro como la necesidad lo señale. Por ejemplo el denunciar las expresiones que quieren enmascarar la gravedad del aborto, tales como llamarle eufemísticamente “interrupción del embarazo” y calificarlo de crimen, es lenguaje duro, pero verdadero, y es permitido expresarlo, en este caso,  en su verdadera dimensión. Expresándonos con buenas palabras.
Es conveniente que tengamos presente que no basta que algo sea verdad, para que se pueda divulgar sin mayor consideración, debemos vivir el amor fraterno al comunicar cosas muy graves, tratar de convencer presentando nuestros argumentos, y debemos recordar así mismo que es deber rectificar cuando se ha dicho algo que lo amerita, por no haber estado apegado o a la realidad o a la forma, independientemente del fondo.
Incluida la información verdadera, es deber difundirla con prudencia y discreción, esto será mas efectivo que hacerlo como esparcimiento de rumor, en especial ya que en este tiempo, de rumores está lleno el ambiente. nuestro actuar con sentido sobrenatural en este campo, nos producirá los mejores resultados.
La verdad que nos hace libres no consiste simplemente en la posesión o la transmisión de enunciados e informaciones que corresponden a la realidad de las cosas. La verdad que libera nos debe de traer paz, no el responder violencia con violencia, habrá momentos incluso en los que lo que se debe de buscar para combatir la mentira,  el lenguaje de la reconciliación, sin tener que ceder un ápice ante la mentira.
Jorge Casas y Sánchez.

lunes, 10 de febrero de 2020

DEBIDO A SU GRAN IMPORTANCIA, LES PARTICIPO LA PARTE DE LA ENCÍCLICA PAPAL DENOMINADA "HUMANAE VITAE" EN LA PARTE QUE SE DENOMINA PATERNIDAD RESPONSABLE.

Index  BackTopPrint

[ DE  - EN  - ES  - FR  - HU  - IT  - LA  - PT ]

CARTA ENCÍCLICA
HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI

A LOS  VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD

Venerables hermanos y amados hijos,
salud y bendición apostólica.
La transmisión de la vida
1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos, colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias. 
En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres. 
I. Nuevos aspectos del problema y competencia del magisterio 
Nuevo enfoque del problema
2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa índole. Se trata, ante todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan el temor de que la población mundial aumente más rápidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para tantas familias y pueblos en vía de desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de oponer a este peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la educación, con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.
Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relación con este amor.
Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida. 
3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las condiciones de la vida actual y dado el significado que las relaciones conyugales tienen en orden a la armonía entre los esposos y a su mutua fidelidad, ¿no sería indicado revisar las normas éticas hasta ahora vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas veces heroicos? 
Más aún, extendiendo a este campo la aplicación del llamado "principio de totalidad", ¿no se podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional, transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los nacimientos? Es decir, ¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos? Se pregunta también si, dado el creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya llegado el momento de someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de regular la natalidad. 
Competencia del Magisterio
4. Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural, iluminada y enriquecida por la Revelación divina. 
Ningún fiel querrá negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el interpretar también la ley moral natural. Es, en efecto, incontrovertible —como tantas veces han declarado nuestros predecesores [1]— que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos [2], los constituía en custodios y en intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para salvarse [3].
En conformidad con esta su misión, la Iglesia dio siempre, y con más amplitud en los tiempos recientes, una doctrina coherente tanto sobre la naturaleza del matrimonio como sobre el recto uso de los derechos conyugales y sobre las obligaciones de los esposos [4].
Estudios especiales
5. La conciencia de esa misma misión nos indujo a confirmar y a ampliar la Comisión de Estudio que nuestro predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, había instituido en el mes de marzo del año 1963. Esta Comisión de la que formaban parte bastantes estudiosos de las diversas disciplinas relacionadas con la materia y parejas de esposos, tenía la finalidad de recoger opiniones acerca de las nuevas cuestiones referentes a la vida conyugal, en particular la regulación de la natalidad, y de suministrar elementos de información oportunos, para que el Magisterio pudiese dar una respuesta adecuada a la espera de los fieles y de la opinión pública mundial [5].
Los trabajos de estos peritos, así como los sucesivos pareceres y los consejos de buen número de nuestros hermanos en el Episcopado, quienes los enviaron espontáneamente o respondiendo a una petición expresa, nos han permitido ponderar mejor los diversos aspectos del complejo argumento. Por ello les expresamos de corazón a todos nuestra viva gratitud. 
La respuesta del Magisterio
6. No podíamos, sin embargo, considerar como definitivas las conclusiones a que había llegado la Comisión, ni dispensarnos de examinar personalmente la grave cuestión; entre otros motivos, porque en seno a la Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca de las normas morales a proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas plegarias, queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas graves cuestiones.
II. Principios doctrinales
Una visión global del hombre
7. El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico, demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo natural y terrena sino también sobrenatural y eterna. Y puesto que, en el tentativo de justificar los métodos artificiales del control de los nacimientos, muchos han apelado a las exigencias del amor conyugal y de una "paternidad responsable", conviene precisar bien el verdadero concepto de estas dos grandes realidades de la vida matrimonial, remitiéndonos sobre todo a cuanto ha declarado, a este respecto, en forma altamente autorizada, el Concilio Vaticano II en la Constitución pastoral Gaudium et Spes. 
El amor conyugal
8. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado en su fuente suprema, Dios, que es Amor [6], "el Padre de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra" [7]. 
El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia. 
Sus características
9. Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características del amor conyugal, siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas. 
Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una sola alma y juntos alcancen su perfección humana.
Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso de poderlo enriquecer con el don de sí. 
Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo.
El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera. 
Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. "El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres"[8].
La paternidad responsable
10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de "paternidad responsable" sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí. 
En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana [9].
En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad. 
En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido. 
La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores. 
En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia [10].
Respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial 
11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos" [11], y no cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida [12].
Inseparables los dos aspectos: unión y procreación 
12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.
Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres, en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter profundamente razonable y humano de este principio fundamental. 
Fidelidad al plan de Dios
13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él, está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo es contradecir también el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar, en cambio, el don del amor conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador. En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales, en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. "La vida humana es sagrada —recordaba Juan XXIII—; desde su comienzo, compromete directamente la acción creadora de Dios" [13].
Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos
14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas [14].
Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer [15]; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación [16].
Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande [17], no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien [18], es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda.
 Licitud de los medios terapéuticos
15. La Iglesia, en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por cualquier motivo, directamente querido [19].
Licitud del recurso a los periodos infecundos
16. A estas enseñanzas de la Iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy, como observábamos antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energías de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre. Algunos se preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos? A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.
Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar [20].
La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable, y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto. 

jueves, 6 de febrero de 2020

RESPONSIBLE PARENTHOOD.



DUE TO ITS GREAT IMPORTANCE I HAVE CONSIDERED  APROPIATE TO PUBLISH THE PART OF THIS ENCICLICAL RELATED TO PARENTHOOD. IT IS KNOWN AS “RESPONSIBLE PARENTHOOD”.


ENCYCLICAL LETTER
HUMANAE VITAE

OF THE SUPREME PONTIFF
PAUL VI
The transmission of human life is a most serious role in which married people collaborate freely and responsibly with God the Creator. It has always been a source of great joy to them, even though it sometimes entails many difficulties and hardships.

Responsible Parenthood

10. Married love, therefore, requires of husband and wife the full awareness of their obligations in the matter of responsible parenthood, which today, rightly enough, is much insisted upon, but which at the same time should be rightly understood. Thus, we do well to consider responsible parenthood in the light of its varied legitimate and interrelated aspects.
With regard to the biological processes, responsible parenthood  means an awareness of, and respect for, their proper functions. In the procreative faculty the human mind discerns biological laws that apply to the human person. (9)
With regard to man's innate drives and emotions, responsible parenthood means that man's reason and will must exert control over them.
With regard to physical, economic, psychological and social conditions, responsible parenthood is exercised by those who prudently and generously decide to have more children, and by those who, for serious reasons and with due respect to moral precepts, decide not to have additional children for either a certain or an indefinite period of time.
Responsible parenthood, as we use the term here, has one further essential aspect of paramount importance. It concerns the objective moral order which was established by God, and of which a right conscience is the true interpreter. In a word, the exercise of responsible parenthood requires that husband and wife, keeping a right order of priorities, recognize their own duties toward God, themselves, their families and human society.
From this it follows that they are not free to act as they choose in the service of transmitting life, as if it were wholly up to them to decide what is the right course to follow. On the contrary, they are bound to ensure that what they do corresponds to the will of God the Creator. The very nature of marriage and its use makes His will clear, while the constant teaching of the Church spells it out. (10)
Observing the Natural Law
11. The sexual activity, in which husband and wife are intimately and chastely united with one another, through which human life is transmitted, is, as the recent Council recalled, "noble and worthy.'' (11) It does not, moreover, cease to be legitimate even when, for reasons independent of their will, it is foreseen to be infertile. For its natural adaptation to the expression and strengthening of the union of husband and wife is not thereby suppressed. The fact is, as experience shows, that new life is not the result of each and every act of sexual intercourse. God has wisely ordered laws of nature and the incidence of fertility in such a way that successive births are already naturally spaced through the inherent operation of these laws. The Church, nevertheless, in urging men to the observance of the precepts of the natural law, which it interprets by its constant doctrine, teaches that each and every marital act must of necessity retain its intrinsic relationship to the procreation of human life. (12)
Union and Procreation
12. This particular doctrine, often expounded by the magisterium of the Church, is based on the inseparable connection, established by God, which man on his own initiative may not break, between the unitive significance and the procreative significance which are both inherent to the marriage act.
The reason is that the fundamental nature of the marriage act, while uniting husband and wife in the closest intimacy, also renders them capable of generating new life—and this as a result of laws written into the actual nature of man and of woman. And if each of these essential qualities, the unitive and the procreative, is preserved, the use of marriage fully retains its sense of true mutual love and its ordination to the supreme responsibility of parenthood to which man is called. We believe that our contemporaries are particularly capable of seeing that this teaching is in harmony with human reason.

Faithfulness to God's Design

13. Men rightly observe that a conjugal act imposed on one's partner without regard to his or her condition or personal and reasonable wishes in the matter, is no true act of love, and therefore offends the moral order in its particular application to the intimate relationship of husband and wife. If they further reflect, they must also recognize that an act of mutual love which impairs the capacity to transmit life which God the Creator, through specific laws, has built into it, frustrates His design which constitutes the norm of marriage, and contradicts the will of the Author of life. Hence to use this divine gift while depriving it, even if only partially, of its meaning and purpose, is equally repugnant to the nature of man and of woman, and is consequently in opposition to the plan of God and His holy will. But to experience the gift of married love while respecting the laws of conception is to acknowledge that one is not the master of the sources of life but rather the minister of the design established by the Creator. Just as man does not have unlimited dominion over his body in general, so also, and with more particular reason, he has no such dominion over his specifically sexual faculties, for these are concerned by their very nature with the generation of life, of which God is the source. "Human life is sacred—all men must recognize that fact," Our predecessor Pope John XXIII recalled. "From its very inception it reveals the creating hand of God." (13)
Unlawful Birth Control Methods
14. Therefore We base Our words on the first principles of a human and Christian doctrine of marriage when We are obliged once more to declare that the direct interruption of the generative process already begun and, above all, all direct abortion, even for therapeutic reasons, are to be absolutely excluded as lawful means of regulating the number of children. (14) Equally to be condemned, as the magisterium of the Church has affirmed on many occasions, is direct sterilization, whether of the man or of the woman, whether permanent or temporary. (15)
Similarly excluded is any action which either before, at the moment of, or after sexual intercourse, is specifically intended to prevent procreation—whether as an end or as a means. (16)
Neither is it valid to argue, as a justification for sexual intercourse which is deliberately contraceptive, that a lesser evil is to be preferred to a greater one, or that such intercourse would merge with procreative acts of past and future to form a single entity, and so be qualified by exactly the same moral goodness as these. Though it is true that sometimes it is lawful to tolerate a lesser moral evil in order to avoid a greater evil or in order to promote a greater good," it is never lawful, even for the gravest reasons, to do evil that good may come of it (18)—in other words, to intend directly something which of its very nature contradicts the moral order, and which must therefore be judged unworthy of man, even though the intention is to protect or promote the welfare of an individual, of a family or of society in general. Consequently, it is a serious error to think that a whole married life of otherwise normal relations can justify sexual intercourse which is deliberately contraceptive and so intrinsically wrong.
Lawful Therapeutic Means
15. On the other hand, the Church does not consider at all illicit the use of those therapeutic means necessary to cure bodily diseases, even if a foreseeable impediment to procreation should result there from—provided such impediment is not directly intended for any motive whatsoever. (19)
Recourse to Infertile Periods
16. Now as We noted earlier (no. 3), some people today raise the objection against this particular doctrine of the Church concerning the moral laws governing marriage, that human intelligence has both the right and responsibility to control those forces of irrational nature which come within its ambit and to direct them toward ends beneficial to man. Others ask on the same point whether it is not reasonable in so many cases to use artificial birth control if by so doing the harmony and peace of a family are better served and more suitable conditions are provided for the education of children already born. To this question We must give a clear reply. The Church is the first to praise and commend the application of human intelligence to an activity in which a rational creature such as man is so closely associated with his Creator. But she affirms that this must be done within the limits of the order of reality established by God.
If therefore there are well-grounded reasons for spacing births, arising from the physical or psychological condition of husband or wife, or from external circumstances, the Church teaches that married people may then take advantage of the natural cycles immanent in the reproductive system and engage in marital intercourse only during those times that are infertile, thus controlling birth in a way which does not in the least offend the moral principles which We have just explained. (20)
Neither the Church nor her doctrine is inconsistent when she considers it lawful for married people to take advantage of the infertile period but condemns as always unlawful the use of means which directly prevent conception, even when the reasons given for the later practice may appear to be upright and serious. In reality, these two cases are completely different. In the former the married couple rightly use a faculty provided them by nature. In the later they obstruct the natural development of the generative process. It cannot be denied that in each case the married couple, for acceptable reasons, are both perfectly clear in their intention to avoid children and wish to make sure that none will result. But it is equally true that it is exclusively in the former case that husband and wife are ready to abstain from intercourse during the fertile period as often as for reasonable motives the birth of another child is not desirable. And when the infertile period recurs, they use their married intimacy to express their mutual love and safeguard their fidelity toward one another. In doing this they certainly give proof of a true and authentic love.
Consequences of Artificial Methods
17. Responsible men can become more deeply convinced of the truth of the doctrine laid down by the Church on this issue if they reflect on the consequences of methods and plans for artificial birth control. Let them first consider how easily this course of action could open wide the way for marital infidelity and a general lowering of moral standards. Not much experience is needed to be fully aware of human weakness and to understand that human beings—and especially the young, who are so exposed to temptation—need incentives to keep the moral law, and it is an evil thing to make it easy for them to break that law. Another effect that gives cause for alarm is that a man who grows accustomed to the use of contraceptive methods may forget the reverence due to a woman, and, disregarding her physical and emotional equilibrium, reduce her to being a mere instrument for the satisfaction of his own desires, no longer considering her as his partner whom he should surround with care and affection.
Finally, careful consideration should be given to the danger of this power passing into the hands of those public authorities who care little for the precepts of the moral law. Who will blame a government which in its attempt to resolve the problems affecting an entire country resorts to the same measures as are regarded as lawful by married people in the solution of a particular family difficulty? Who will prevent public authorities from favoring those contraceptive methods which they consider more effective? Should they regard this as necessary, they may even impose their use on everyone. It could well happen, therefore, that when people, either individually or in family or social life, experience the inherent difficulties of the divine law and are determined to avoid them, they may give into the hands of public authorities the power to intervene in the most personal and intimate responsibility of husband and wife.
Limits to Man's Power
Consequently, unless we are willing that the responsibility of procreating life should be left to the arbitrary decision of men, we must accept that there are certain limits, beyond which it is wrong to go, to the power of man over his own body and its natural functions—limits, let it be said, which no one, whether as a private individual or as a public authority, can lawfully exceed. These limits are expressly imposed because of the reverence due to the whole human organism and its natural functions, in the light of the principles We stated earlier, and in accordance with a correct understanding of the "principle of totality" enunciated by Our predecessor Pope Pius XII. (21)
Concern of the Church
18. It is to be anticipated that perhaps not everyone will easily accept this particular teaching. There is too much clamorous outcry against the voice of the Church, and this is intensified by modern means of communication. But it comes as no surprise to the Church that she, no less than her divine Founder, is destined to be a "sign of contradiction." (22) She does not, because of this, evade the duty imposed on her of proclaiming humbly but firmly the entire moral law, both natural and evangelical.
Since the Church did not make either of these laws, she cannot be their arbiter—only their guardian and interpreter. It could never be right for her to declare lawful what is in fact unlawful, since that, by its very nature, is always opposed to the true good of man.
In preserving intact the whole moral law of marriage, the Church is convinced that she is contributing to the creation of a truly human civilization. She urges man not to betray his personal responsibilities by putting all his faith in technical expedients. In this way she defends the dignity of husband and wife. This course of action shows that the Church, loyal to the example and teaching of the divine Savior, is sincere and unselfish in her regard for men whom she strives to help even now during this earthly pilgrimage "to share God's life as sons of the living God, the Father of all men."
Prepared by:  Jorge Casas y Sánchez.

martes, 4 de febrero de 2020

INHABITACIÓN TRINITARIA.


Propiamente se llama "inhabitación trinitaria" al misterio por el cual la Santísima Trinidad habita en el corazón de la persona que está en gracia (es decir, sin pecado mortal).

1. Lo dice el mismo Señor: Jn 14,23: Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. Y San Pablo: Ef 3,17: Que Cristo habite por la fe en vuestros corazones. Igualmente leemos en el Apóstol San Juan: 1 Jn 4,12-13, 15-16: A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu.... Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

En algunos lugares se habla de la presencia del Hijo, en otros de la del Espíritu Santo; en otros del Padre y del Hijo. Evidentemente que el hablar de una de las divinas Personas entraña la referencia a las otras dos, pues confesamos en nuestra fe, como dice hermosamente el Símbolo Atanasiano: “la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra también la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, tal también el Espíritu Santo..., etc., El que quiera salvarse, así ha de sentir de la Trinidad” (Dz 39-40).

2. Ya los Santos Padres insistieron en la presencia de Dios Trino en el alma del justo; aunque a veces sólo refiriéndose a una de las personas. Ignacio de Antioquía gustaba en llamarse “Theóforos”, portador de Dios; o también “Cristóforos”, portador de Cristo. San Ireneo frecuentemente nos recuerda que el Hijo enviado por el Padre, nos revela al Padre en nuestro interior. Los Padres Griegos enseñan comúnmente que ni los hombres ni los ángeles pueden ser justificados, santificados y deificados sino por la participación en las personas divinas. Y se podrían citar numerosísimos testimonios.

3. Los teólogos han hablado, tratando de explicar estos hermosísimos datos, de las misiones invisibles de las Personas divinas y de la inhabitación trinitaria. Las divinas personas se hacen presentes al alma por donación y misión: el Padre, al ser Principio sin principio, no puede ser enviado por nadie y, por tanto, se nos dona a Sí mismo a nosotros; el Hijo, como tiene al Padre por principio, es “enviado” (eso quiere decir “misión”) por el Padre; finalmente el Espíritu Santo, al tener como principios al Padre y al Hijo, es enviado por la primera y la segunda Personas de la Trinidad.

4. Santo Tomás explica: “Las Personas divinas no pueden ser poseídas por nosotros sino o para gozarlas (fruirlas) de modo perfecto, lo cual se da en el estado de la Gloria del cielo; o para gozarlas de modo imperfecto, lo cual se da en esta vida por la gracia santificante” (I Sent., d.14, q.2, a.2, ad 2). ¡Para que gocemos de su presencia y con su presencia y posesión! Qué impresionante y qué riqueza extraordinaria significa esto. Si cada una de las divinas Personas son nuestras ¡y para gozarlas! ¿cómo no lo será todo lo demás? ¿qué podemos temer? ¿qué nos puede faltar? De modo muy hermoso San Juan de Ávila ponía en boca de Cristo algo semejante: “Yo (soy) vuestro Padre por ser Dios, yo vuestro primogénito hermano por ser hombre. Yo vuestra paga y rescate, ¿qué teméis deudas, si vosotros con la penitencia y la Confesión pedís suelta de ellas? Yo vuestra reconciliación, ¿qué teméis ira? Yo el lazo de vuestra amistad, ¿qué teméis enojo de Dios? Yo vuestro defensor, ¿qué teméis contrarios? Yo vuestro amigo, ¿qué teméis que os falte cuanto yo tengo, si vosotros no os apartáis de Mí? Vuestro mi Cuerpo y mi Sangre, ¿qué teméis hambre? Vuestro mi corazón, ¿qué teméis olvido? Vuestra mi divinidad, ¿qué teméis miserias? Y por accesorio, son vuestros mis ángeles para defenderos; vuestros mis santos para rogar por vosotros; vuestra mi Madre bendita para seros Madre cuidadosa y piadosa; vuestra la tierra para que en ella me sirváis, vuestro el cielo porque a él vendréis; vuestros los demonios y los infiernos, porque los hollaréis como esclavos y cárcel; vuestra la vida porque con ella ganáis la que nunca se acaba; vuestros los buenos placeres porque a Mí los referís; vuestras las penas porque por mi amor y provecho vuestro las sufrís; vuestras las tentaciones, porque son mérito y causa de vuestra eterna corona; vuestra es la muerte porque os será el más cercano tránsito a la vida. Y todo esto tenéis en Mí y por Mí; porque lo gané no para Mí solo, ni lo quiero gozar yo solo; porque cuando tomé compañía en la carne con vosotros, la tomé en haceros participantes en lo que yo trabajase, ayunase, comiese, sudase y llorase y en mis dolores y muertes, si por vosotros no queda. ¡No sois pobres los que tanta riqueza tenéis, si vosotros con vuestra mala vida no la queréis perder a sabiendas!

jueves, 16 de enero de 2020

VIRTUDES CARDINALES.


VIRTUDES CARDINALES, (2020).
                                                                                           
Al principiar cada año nuevo y ahora se trata del 2020, todos tenemos deseos y propósitos, en esta ocasión me gustaría compartir con Uds. Los que  son mis propósitos personales. En la esperanza de que sean de utilidad para alguien. Se trata de una lista pequeña, pero espero poder cumplir, pues ello me hará mejor persona, lo que espero que suceda a todos Uds.
De mis tres propósitos los que son: vivir mejor las Virtudes Cardinales, poner mas orden en mi vida personal, usando mejor mi tiempo y de forma mejor organizada, y lo mas importante, estar mas cercano a Nuestro Señor Jesucristo y a la Santísima Virgen, nuestra madre del cielo, para lo que ante todo confío en la ayuda de Dios, en cuyas manos pongo mis esfuerzos, en la convicción de que la recibiré, y por ello pediré en mis oraciones.
Dos de mis propósitos son personales y en cuanto a las Virtudes Cardinales, me complace compartir con Uds. Algunas facetas de las mismas, que creo que nos ayudarán.
Se enseña por los especialistas que el conjunto de las virtudes incluyendo las teologales y las humanas son un sistema, y que el cumplimiento de las teologales se sustenta en las humanas, que todas están concatenadas entre si, y de las aquí hacemos referencia que son Virtudes Humanas, las llamadas Cardinales, reciben este virtudes humanas adjetivo dado que encabezan y de ellas se desprenden las innumerables.
PRUDENCIA.- Esta es siempre mencionada en primer lugar, y podríamos definirla como: la virtud que prepara nuestra alma espiritual para escoger en todas las circunstancia el verdadero bien y elegir los medios para realizarlo.
La prudencia es la virtud que permite a nuestro espíritu el discernir en cualquier situación nuestro verdadero bien y elegirlo imponiendo los medios para ello. De manera que cualquier acción para obtener los bienes y el imperio para obtenerlo es el camino prudente.
La prudencia se relaciona con el intelecto es radical a la razón práctica es orientada a la praxis en ello encontramos cuatro actos:
Consejo (concillium), juicio práctico (iudicium), precepto (preceptum), e imperio (imperium).
El primer paso de nuestra prudencia se sustenta en la humildad que nos permite saber que no estamos en la capacidad de obtenerlo todo y en todas las circunstancias, por lo que es aconsejable  el buscar consejo en aquellos que realmente estén preparados para darlo, ello nos dará la oportunidad  de actuar prudentemente. Mas no debemos tan solo conocer el modo prudente de hacer las cosas, al ser la prudencia una virtud de acción, debemos también de llevar a cabo las acciones correspondientes, una vez que sabemos el mejor modo de hacer algo, hagámoslo.
La prudencia debe de llevarse a cabo no solo en la vida personal, también se necesita en las organizaciones. En estas las decisiones colegiadas son mejores que las puramente personales, gracias al aporte de mas puntos de vista y mas personas envueltas en la responsabilidad.
JUSTICIA.- Ha sido definida con muy pocas palabras como el dar a quien lo que le corresponde. Por supuesto que esto se puede ampliar y explicarse con mas cuestiones , como el que siempre,hay que respetar lo que pertenece al ámbito de los otros, tanto en lo material coo en lo espiritual, (solo como pequeño ejemplo)
Aquí surge una pregunta: ¿Que es lo justo para con Dios? la respuesta es simple: todo. Pero la justicia a la que nos referimos es entre iguales, y la diferencia entre el Creador y las criaturas es inconmensurable, por lo que con Dios no tenemos deberes de “justicia”, para con Dios son obligaciones incontrovertibles. De  manera que la praxis de la justicia es entre las criaturas, específicamente humanas.
San Juan evangelista nos enseña Dios es Amor (1 Jn 4,8) esta es la clave para vivir justamente con respecto a nuestro Creador y está en nuestra naturaleza la capacidad de respuesta, a Dios le debemos de amar con amor de correspondencia. Hemos sido los humanos creados a su imagen y semejanza, de allí surge nuestra capacidad de amarle, es lo justo, Él nos amó primero, desde la eternidad.
En relación a la justicia entre criaturas humana tenemos que considerar los derechos de los demás siendo el primer derecho el de la vida,  otros son la libertad, la propiedad, la fama, el pago de las deudas, el pago de los salarios justos, el respeto a la dignidad, etc. mas no podemos olvidar que en tanto nuestra naturaleza de seres gregarios, tenemos una forma de vida en la que hemos formado una base legislativa que busca una coexistencia mejor, apropiada y en la que se debe, entre muchos otros aspectos, practicar la justicia por igual para todos, (lo que es uno de los grandes ideales humanos), libremente nos sujetamos a dicha legislación, sin perder nuestra libertad. Aunque hay casos en que la justicia legal debe de quitar la libertad física a ciertas personas, por delitos que así lo merecen.
Algunas acciones son injustas, siendo legales, en relación a los demás, pero se deben de examinar cuando se estudia la virtud teologal de la Caridad.
Del amor que le profesamos a Dios se debe de desprender nuestro amor a sus criaturas, pues las ha creado a todas por amor, en especial las criaturas humanas, debemos de considerar una injusticia el no amar a todos los seres humanos.

FORTALEZA.- Es la virtud que nos permite acometer las dificultades, y pelear contra nuestras limitaciones. Una frase de Séneca nos ilustra sobre el tema:”per aspra ad astra” su significado en español, “a través de las dificultades hasta las estrellas”, lo que nos permite  definir la fortaleza como: la virtud    del esfuerzo para obtener lo que vale la pena.
En la vida nos es necesario limar las asperezas de muchas cosas a manera de ir resolviendo problema tras problema, en ello consiste la vida. Nuestros objetivos siempre deben de ser hacia arriba, hacia Dios, para el hombre virtuoso nada es dificultoso, si realmente lo quiere llevar a cabo, parte de nuestra naturaleza humana es el ser débiles en ciertas formas, , esa es la razón por la que la fortaleza es tan bien valuada, debido a la capacidad de sacrificio para salir victoriosos en la persecución de cosas buenas.
Las Sagradas Escrituras nos enseñan que la fortaleza nos viene dada de Dios, que solos somos muy incapaces en especial para obtener lo difícil, pero con el ejemplo de Jesucristo y su ayuda obtenemos la gracia necesaria para actuar debidamente. Otra faceta de esta virtud es la capacidad de resistir lo adverso, lo desagradable, lo duro y llegar a resolver. La paciencia es una virtud asociada a la fortaleza, lo mismo que la perseverancia. Es conveniente que meditemos sobre esta asociación de virtudes.

TEMPLANZA.-ESTA VIRTUD CONSISTE EN LA MANERA ARMÓNICA QUE HACE POSIBLE A LA PERSONA, ESCOGER BIEN. Se trata de escoger bien aquello que es de valor. Es de gran importancia que en esta vida gocemos de las cosas buenas, en uso de nuestra libertad sin permitir que ello nos esclavice, no debemos de perder el señorío sobre las cosas, somos nosotros los que las tenemos, que no nos posean ellas a nosotros. El Papa, Francisco dice que la templanza es “el sentido de la medida”.
La templanza nos permite no perder el rumbo, es como una brújula que nos marca hacia donde nos hemos de dirigir, apuntando siempre a Dios,  ya que nuestro objetivo principal, nuestro fin de fines es la salvación eterna, y Dios quiere que lo logremos viviendo felices en esta vida. Si los vicios o la avaricia, el ansia de poder  o de fama  cubre la vida de las personas, entonces el objetivo se pierde. Debemos preservar el objetivo por el cual vivimos, que es el de amar y servir a Dios sobre todas las demás cosas.
Esta virtud nos ayuda a mantener el equilibrio al servir a los demás, y encontrar  en ello felicidad, quien se aleja de Dios lo hace de sí mismo, y solo se reencontrará cuando redescubra a Dios.
Recordemos la famosa sentencia de San Agustín:” Señor nos hiciste para ti y solo descansa nuestro corazón cuando lo hace en ti”.
Jorge Casas y Sánchez.