lunes, 23 de enero de 2012

ALGO MAS SOBRE LA PERSONA HUMANA.

 ALGO MAS SOBRE LA PERSONA HUMANA.
Que es la persona humana sino ese maravilloso compuesto de alma espritual  creada para la eternidad, y  cuerpo animal, que solo es materia y seguirá su ley, volverá a ser tierra, pero preguntémonos cual es la ley del espíritu, ya dijimos que su característica es la de ser para la eternidad, esto es cosa muy seria, y que da preeminencia a nuestro espíritu inmortal, subsitente, sobre nuestra carne, simple materia  mortal. Luego nuestro espíritu es mas importante para nosotros que nuestro cuerpo, pero sin embargo es mientras estos están unidos es que tenemos la posibilidad de hacer algo por sus destinos, pues en las verdades de fe del cristianismo sabemos que nuestro cuerpo resucitará para unirse a su alma espiritual en una forma gloriosa, si logramos la salvación.
Pero no todo queda ahí, ese compuesto de alma y cuerpo al que llamamos PERSONA HUMANA, tiene una naturaleza muy exclusiva dentro de la creación, es un ser con libre albedrío,  en su naturaleza humana se da la libertad  y expresamos nuestra libertad con todo lo que poseemos, nuestras capacidades de razonar, de escoger nuestra forma de vivir las circunstancias que nos han tocado en suerte, de pensar, actuar, decidir, de buscar lo que nos interesa, de disfrutar lo que nos agrada, de sufrir lo que nos apena, y de amar sobre todo a aquel de quien procedemos, de aquel que por amor nos da la existencia y una promesa de un futuro maravilloso que juntos nuestra alma espiritual y nuestro cuerpo mortal se deben de ganar haciendo uso de su libertad y Él no dice como, nos da las herramientas, y la ayuda que necesitemos, tan solo por el hecho de pedírsela adecuadamente.
Este es un punto importante, ¿ como es que tenemos que pedir esa ayuda ? y la respuesta está en la conciencia de cada persona individualmente, simplemente cumpliendo ese mandato que se nos proporciona a través de la conciencia, a la cual no debemos de dejar sola, sino formándola como el mismo Dios nos la ha manifestado claramente, y dándole tanta importancia que nos mandó a su propio hijo para que nos enseñara como. ¿ No es esto maravilloso ? lo manda para que se sacrifique dolorosísimamente en medio del mas injusto trato, después de haber hecho solo el bien y muy bien hecho, después de haber instruido a sus apóstoles y habernos dejado fundada su Iglesia llena de sabiduría proveniente de Dios Padre, y dentro de ella los Sacramentos que nos proporcionan su Gracia Salvadora.
En medio de toda la maravillosa creación que apenas alcanzamos a vislumbrar, y de la que tenemos solo algunos datos que penosamente el hombre de ciencia va descubriendo poco a poco y nunca podrá conocer en esta vida, nos distingue del resto de la creación por nuestras capacidades espirituales, si tu eres capaz de leer, comprender y meditar lo que estas leyendo mucho mas allá de lo que yo mismo que lo he escrito, es porque Dios nos ha dado esas capacidades, nunca el rey de la selva o la majestuosa águila que todo lo observa serán capaces de algo parecido. Y mucho menos serán capaces de intuir a Dios como tú y yo lo hacemos.  Pero esto va mas allá nos ha hecho seres morales, capaces de distinguir el bien del mal, otra capacidad de nuestra conciencia, de ayudar y amar a nuestro prójimo, algo que solo la naturaleza humana posee, los animales que a veces nos dan espectáculos preciosos de protección a sus congéneres en especial a sus descendientes, lo hacen por instinto solamente, nosotros aparte de esto tenemos esa característica de darnos porque ello nos complace, nos  da felicidad, nos da la sensación de ser útiles en nuestro entorno.
Esta serie de perfecciones nos da la dignidad de la persona humana, nos capacita para las relaciones interpersonales, que dan tanto valor a nuestras vidas, que sin ellas no nos concebimos capaces de ser felices, y es que no solo son de carácter material como el comer juntos o practicar un deporte, sino que están las de carácter espiritual como el querernos, hablarnos, y sobre todo el de orar a Dios, por ellos, los otros y por nosotros mismos, sobresaliendo la relación de amor por encima de todas las demás, de ese amor de entrega de deseo del bien del ser amado, que da sentido a nuestra vida, que nos lleva adelante, nos sublima, nos acerca al amor mas puro que pueda haber, el amor de Dios, del que todo amor procede. Solo la persona humana es capaz de amar en este mundo, y debemos de aprender a amar las cosas que nos acercan a la salvación eterna por encima de las que resuelven nuestras necesidades terrenas, a las que debemos de querer como medios y no como fines, teniendo siempre en cuenta el fin final que buscamos afanosamente.
La persona humana para actuar en determinada manera debe de estar estimulada, es el motor interno que nos mueve hacia lo que identificamos como conveniente, amable, necesario, útil, urgente, etc. aquí es donde la meditación nos presta la ayuda necesaria, para definir la bondad o maldad de nuestros actos, para decidir cuales son medios adecuados y cuales debemos de evitar, la necesidad de la meditación en compañía de Jesucristo y la Virgen santísima nos ayudan a que no nos desviemos, por el contrario tomemos las actitudes y decisiones mas convenientes a la salud de nuestra alma. No desestimemos la conveniencia y necesidad de medita. El propósito de esta meditación es cual debe ser nuestra actitud frente a Dios.
Jorge Casas y Sánchez.

lunes, 16 de enero de 2012

BREVE CURSO DE FILOSOFIA CRISTIANA VIII

BREVE CURSO DE FILOSOFÍA CRISTIANA VIII.
Dios hecho hombre, ha vendo al mundo para difundir en la humanidad un rayo de su luz, sin esta, nuestro mundo no sería lo que es,  sino una catástrofe. Y si olvidamos ver con esa luz nos acercamos al desastre. La Teología Moral que se ocupa del comportamiento de las personas humanas en cuanto lo que es el camino de su salvación nos lo enseña claramente y nos permite vislumbrar los acontecimientos en cuanto son otras luces las que alumbran nuestro caminar en esta vida.
Ha quedado ya claramente explicado que las fuentes del conocimiento filosófico de la religión cristiana se sustentan en la Fe,  y lo esencial de ella son sus fuentes, es decir aquello de donde procede lo que creemos, estas son los escritos del canon admitido por el Magisterio de la Iglesia, en otras palabras las Sagradas Escrituras, en especial las del Nuevo Testamento, los contenidos de la Tradición, y las enseñanzas  del propio Magisterio de la Iglesia.
LAS SAGRADAS ESCRITURAS, son un cuerpo de libros que se empiezan a escribir en la época de Moisés, y terminan la parte que llamamos Viejo o Antiguo Testamento que termina con un corto libro escrito en forma de disputas, llamado Malaquías, profeta que anuncia la venida del Salvador y que procede muy probablemente del  último cuarto del Siglo V antes de Cristo. Este conjunto de libros fue escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, su autoría es de Dios y son por tanto de inspiración divina, pertenecen a la Iglesia a la que se le han entregado, y esta es quien los interpreta, enseña a sus fieles y guarda celosamente como depósito de la fe que son. Provienen de la mano del hombre, (hagiógrafos) cuya escritura proviene  de Dios. Están libres de errores,  y tratan no de enseñar científicamente, sino señalar el camino de la salvación eterna.  Lo contenido en el Nuevo Testamento es parte de lo revelado personalmente por Jesucristo a sus apóstoles y a San Pablo, es un conjunto de libros escritos con  lo que Jesucristo enseñó personalmente a sus apóstoles y reveló en forma especialísima a San Pablo.  Mas no todo lo que enseñó quedó escrito.
LA TRADICIÓN,  muchas de las enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo no quedaron escritas, fueron transmitidas oralmente a sus apóstoles y por generaciones de boca en boca se enseñan con el objeto de ser  transmitidas a todas las generaciones. Las enseñanzas apostólicas por tanto no solo se encuentran en la palabra escrita sino en la palabra “traída” a la que llamamos Tradición Cristiana.
EL MAGISTERIO DE LA IGLESIA,  por Magisterio de la Iglesia entendemos dos conceptos, uno es el cuerpo de todos los obispos en relación con el Santo Padre, en otras palabras la Jerarquía de la Iglesia y otro es el contenido de la enseñanza oficial, recordando el dato importantísimo de que es asistido por el Espíritu Santo y lo será hasta el fin de los tiempos, su custodio, y lo transmite a todos los hombres. Los apóstoles escucharon de viva voz las enseñanzas de Nuestro Señor, y las generaciones siguientes deben escucharlas en toda su pureza.  Esto da a la Divina Revelación la garantía de fidelidad y conservación pura del mensaje, pues de otra manera sin la asistencia del Magisterio a través de todas las generaciones, ya que los primeros miembros del magisterio de la Iglesia fueron los propios apóstoles y ahora lo son sus sucesores, todos los obispos dispersos por todo el mundo, encabezados por el Obispo de Roma, el Papa. Así es que  se puede  entender mejor el porqué delos  Sínodos y los Concilios, que se ocupan de la interpretación purísima de la Doctrina Cristiana.
El Magisterio de la Iglesia tiene por tanto unas características que debemos de considerar, sus enseñanzas pasan a los sacerdotes diocesanos y a los fieles interesados en seguir sus enseñanzas para que estas se transmitan a toda la cristiandad y al resto de los hombres, esto no solo se lleva a cabo en las homilías sacerdotales sino en la gran actividad catequética que desarrolla la Iglesia a través de diferentes niveles, la palabra directa, los escritos correspondientes tales como las Encíclicas, la prensa en general, las Cartas Pastorales e incluso con los medios con uso de los medios masivos de comunicación y el Internet.
Si por el contrario se deja la interpretación de las Sagradas Escrituras al criterio personal subjetivo y particular de cada uno de nosotros, no solo se cae en errores sino que no se llega a conclusiones  seguras doctrinalmente; pongamos  como por ejemplo de lo que Jesucristo es, conclusión a la que se ha llegado a través del Magisterio de la Iglesia: “ Jesucristo Es el Verbo Divino, el Hijo de Dios, nacido de la Virgen María, Dios y Hombre verdaderos, en una sola persona con dos naturalezas una humana y otra divina”. Al llegarse a esta conclusión tan diáfana, precisa y clara, vemos la acción del Magisterio de la Iglesia, cosa que ha venido haciendo desde la Resurrección de nuestro Señor.
Jorge Casas y Sánchez.

miércoles, 4 de enero de 2012

VIRTUD TEOLOGAL DE LA CARIDAD


VIRTUD DE LA CARIDAD.

La Virtud de la Caridad, es aqella por la cual amamos a Dios por encima de todo lo demás, y le amamos con todas nuestras capacidades del alma, con toda nuestra fuerza, y de este amor de deriva el amor a sus criaturas, en primer lugar a los hombres, en especial a los que son nuestros prójimos, a quienes amamos como a nosotros mismos.

Lo anterior amerita ciertas aclaraciones, a Dios no le podemos conocer en todas sus inconmensurables particularidades, solo conocemos algo de lo que es y de lo que no es, por ejemplo sabemos que es el único Dios, que su única naturaleza divina tiene tres Personas distintas, a las que les atribuimos, al Padre la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo nuestra santificación, sabemos que es amor, que por amor ha creado, nos ha redimido y actúa en cada uno de nosotros, si le aceptamos, para que nos santifiquemos, si en uso de la libertad que nos ha otorgado así lo decidimos, así lo queremos; aquí el “querer” tiene una importancia definitiva, pues como nos ha otorgado el Libre Albedrío, es en uso de nuestro querer, de nuestra voluntad que decidimos en nuestro fuero interno, si queremos relacionarnos con Dios debidamente a través de saber cual es su voluntad y cumplirla. Sabemos que su poder es infinito, que su bondad es perfectísima como todas sus cualidades, y sabemos que en Él no hay maldad, que no es ajeno a nosotros, que por estar en su mente existimos, y que si dejáramos de estarlo volveríamos a la nada, que su misericordia está siempre presente en todo lo que existe, sabemos y creemos con toda nuestra capacidad que la segunda persona, el Hijo, Jesucristo se hizo carne, como nosotros excepto en el pecado, que nació de la Santísima Virgen, todo lo demás que nos presenta el Credo, la Tradición, su Divina Revelación y las explicaciones, aclaraciones y enseñanzas de su Magisterio el cual es asistido por la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, el Espíritu Santo.

La Caridad repito, el amor a Dios y por extención de este a todas sus criaturas, como todo lo amable debe de ser conocido para poderle amar, no se puede amar lo que no se conoce, y lo amable es mas amado en la proporción que más se le conoce. Por tanto concluimos que mientras mas conozcamos a Dios mas le amaremos por ser Él lo mas amable que pueda existir, y el amor a las criaturas viene como corolario, mas les amamos mientras más amamos a Dios. De aquí que el buen cristiano debe se intentar constantemente a lo largo de su existencia de conocer mejor a Dios, y así crecer en nuestro amor a Él.

Es la Virtud Teologal de la Caridad la que nos lleva a ser solidarios con el sufrimiento de seres humanos que nunca conoceremos y que se encuentran ya sea alejados de nosotros o cerca, no conocemos sus rostros o sus miserias, ya sean por su pobreza extrema o por sufrir, enfermedades, prisión, injusticias, etc. Pero la Caridad nos lleva a pedirle al Señor por ellos, aquí debemos de destacar la importancia de la oración, que es el mejor regalo que les podemos otorgar, considerando que sus males les acerquen mas a Dios, que estos sean para sus bienes espiritual y material, para su salvación, y mitiga de sus sufrimientos. Nos lleva también a dar limosnas de acuerdo a nuestra capacidad, ya sean las monedad que ofrecemos a los mendigos, ancianos, lisiados y demás, o a la cooperación económica con las instituciones filantrópicas, de las que destaca CARITAS ORG. La piedad es signo de que vivimos la Caridad, es signo de nuestro amor a Dios, como lo es la oración por los demás. Cabe aquí recomendar obras escritas sobre LA MADRE TERESA DE CALCUTA, maestra en caridad humana.

La Caridad como las otras Virtudes Teologales son don de Dios Creador, que a todos los hombres se nos otorgan, existen en nuestra conciencia humana, en nuestra alma, en las almas de todas las personas humanas, lo que podemos comprobar ya que cualquier hombre que esté dispuesto a seguir las mociones de su conciencia acepta la existencia de la divinidad (fe), sabe que no todo se termina con su muerte sino que algo trasciende después de esta( esperanza), y siente compasión por los que ve sufrir.(caridad). A los cristianos se nos infunden en forma especial las Virtudes Teologales en el Sacramento del Bautismo, quedan el pequeño bautizando en forma latente, y se manifestarán cuando las condiciones sean las apropiadas, se “refuerzan” al recibir el Sacramento de la Confirmación. Para los cristianos las Virtudes Teologales, son las que nos predisponen a vivir en relación con la Santísima Trinidad , son fundamento y dan carácter a la moral cristiana.

La Caridad se caracteriza por su permanencia en el mas allá, para los que logren la salvación, ya que las otras dos no son necesarias, pues al estar en la presencia de Nuestro señor Jesucristo para el Juicio Particular, la Fe y la Esperanza ya han cumplido su cometido, pero la Caridad permanece y se sublimará en la visión Beatífica.

Jorge Casas y Sánchez.

martes, 3 de enero de 2012

VIRTUD TEOLOGAL DE LA ESPERANZA

La virtud teologal de la Esperanza, consiste en la seguridad que tenemos de que Dios que no se puede equivocar en su infinita perfección, nos concederá en cuanto que somos hijos adoptivos suyos   (filiación divina que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad nos lucró, con su pasión, muerte y resurección), la herencia prometida, que Él quiere para nosotros.

Aquí cabe la reflección de que si no hubiese  algo después de esta vida terrenal que tenemos, esta resultaría inutil, no tendría sentido, eso es lo que los equivocados materialistas predican, que una vez que termina nuestra vida terrenal ya no hay nada y que nuestro cuerpo en tanto simple materia, seguirá las leyes de esta y se podrirá irremediablemente,no habiendo nada mas. Esto es desconocer la existencia de nuestra alma espiritual, la cual desde el preciso instante de que fuimos concebidos por nuestros progenitores fué creada pod Dios, y en cuanto es espiritual y hecha a imagen y semejanza del creador, lo es para la eternidad. De allí que la dignidad de los seres humanos no tiene comparación en este cosmos.

La virtud de la Esperanza es por tanto la que alimenta nuestra decisión de cumplir con la Voluntad Divina durante nuestra vida, con el objeto de participar de esa promesa de felicidad eterna, es como la brújula al marino que le señala el rumbo a seguir para llegar a su destino, el nuestro es la Visión Beatífica, o sea nuestra salvación, la salvación de nuestra alma en espera de la Resurección Universal..

Por lo tanto podemos considerar a la Virtud Teologal de la Esperanza como la confianza que tenemos en que Dios por su bondad, su amor a los hombres, por sus perfecciones en fidelidad, poder, designio, seremos salvos si cumplimos con su divina voluntad en la inteligencia de que Él nos proporciona los medios para conseguirla, para lograrla, por eso a su amado Hijo le encargó que fundase su Iglesia, con sus Sacramentos, su Doctrina, su Jerarquía, y al Espíritu Santo que la protegera que la ilustrara, que la conservara hasta el fin de los tiempos.

Recordemos lo que nuestro Señor permitió a San Pablo vislumbrar, y debido a ello nos dejó dicho: "ni ojo vió ni oido oyó, ni en el corazón del hombre cabe un pedacito siquiera de lo que Dios nos tiene preparado.

La virtud de La Esperanza tiene dos aspectos, ambos relacionados con la confianza, y se puede pecar contra esta virtud ya sea por exceso de confianza o por carencia de ella. El exceso de confianza consiste en que sin hacer lo necesario para salvarnos se espere esta, y la carencia en que por desesperación se considere imposible la salvación, y no se hace nada por lograrla. Recordemos que somos herederos del Cielo, pero se trata de una herencia que hay que ganar, Dios nos creó libres y es en uso de esa libertad que hemos de optar por obtener la herencia o despreciarla, lo que equivale a la condenación eterna.

Pidamos a la Santísima Virgen que nos auxilie en el camino de la salvación poniendo de nuestra parte aquello que  Dios nos pide para ser santos.

Jorge Casas y Sánchez.

jueves, 22 de diciembre de 2011

LAS VIRTUDES TEOLOGALES, FE. Las siguientes serán Esperanza y Caridad.

FE.
La FE es la base en la que se sustentan las otras dos virtudes teologales, la Esperanza y la Caridad, como en ella se sustenta la Teología, nuestra piedad, nuestra religiosidad, nuestra forma de vida, y la forma en que nos comunicamos con Dios a través de nuestra oración y comportamiento en la vida diaria,  de allí la enorme importancia de nuestra FE y el hecho de que debemos  examinar el como la estamos viviendo, como la experimentamos, cuan grande es, como debemos crecer en ella. Ya los Apóstoles le pedían a Jesucristo que les aumentara la FE, ellos comprendieron que una FE grande se convierte en una vida de FE, contrariamente a los que de ella carecen y viven con un vacío en sus almas.
 Es algo generalizado reducir la FE a las creencias, por supuesto que la FE es creer, con toda nuestra capacidad, nuestra inteligencia, con todo nuestro ser y  por ello es que la FE va mas allá de lo que nos dice el Credo. Lo que pretendo es dar mayor claridad a los dos grandes aspectos de la Fe. Aquello que debemos de creer, que es lo contenido en la Revelación Divina, la Tradición Divina y el Magisterio de la Iglesia, ya que este último asistido por el Espíritu Santo es quien da la segura interpretación a las escrituras pero como asenté antes la FE va mas allá pues debe  de ser operativa, la FE la vivimos, por FE hacemos multitud de cosas, vamos a Misa, nos acercamos a los Sacramentos, estudiamos la predicación de Jesucristo, leemos la Historia Sagrada, basados en ella es que vivimos de una cierta manera en cumplimiento de la Voluntad Divina, buscando nuestra salvación
La FE es creer por supuesto y sus fundamentos son los mencionados: la Revelación Divina, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia; por ello la llamamos FE CRISTIANA,  y para nosotros los católicos nos indica que lo que está contenido en las enseñanzas de la Revelación, la Tradición y las enseñanzas del Magisterio, principalmente en la Revelación Neotestamentaria, sin dejar de considerar aspectos importantísimos que nos vienen del  Antiguo Testamento, como lo son el Monoteísmo, la Creación, los Diez Mandamientos etc. pero antes de Jesucristo no sucedía lo que Él nos enseña, por lo que se hace indispensable una gran FE para que se realice en nosotros el amor al prójimo, y para que su luz nos permita una mejor comprensión de las ciencias, para defendernos de la manipulación del mercado y de la política, cuando no son sanas, como no lo son el pansexualismo, el hedonismo, el desprecio por los valores familiares,  la deshonestidad y los  crímenes en contra de la salud y la libertad.
La FE cristiana hace al hombre mas auténtico mas autónomo le induce a la practica de los principios de solidaridad y de subsidiaridad, es algo que se trasluce en sentimientos de respeto hacia Dios y sus criaturas, es de una gran hermosura al fomentar los mas altos valores humanos al conllevar motivos de agradecimiento al Creador por habérnosla infundido, por la seguridad que da a nuestras acciones por el amor que fomenta y que nos hace mejores personas. Nos señala con precisión los criterios y actos que nos encaminan a la salvación, muy recomendable es la lectura de la PRIMERA CARTA DE JUAN,  cuya teología nos comunica la Revelación directa de Jesucristo.
La FE ha de ser vivida en todas las circunstancias de nuestra existencia en esta tierra, es la que nos salva, la vivimos incluso en el sufrimiento, como también en la alegría, en el éxito como en el fracaso, en la preocupación y en la serenidad, pero hay quienes carecen de ella y por ello les parece que carecen de sentido las costumbres piadosas, y la forma de vida honesta, honrada, cristiana, recordemos que para quien Dios no influye todo está permitido, he ahí el origen de los males, del pecado.
Jesucristo es el origen de la FE, Él vivió como judío piadoso pero infringió y trascendió el Viejo Testamento, creó algo nuevo conduciendo lo anterior , lo viejo, a la Nueva Aalianza, por lo que crea la verdadera y única FE.
Ha habido, hay y habrá en el futuro intentos perversos de arrancar la FE en Dios de nosotros, pero son intentos y lo serán, fallidos, la FE  siempre resurgirá de los rescoldos, y resurge fortalecida, pues la conciencia humana y su capacidad de razonamiento no pueden concebir esta vida como nuestra totalidad, siempre contaremos con nuestro sentimiento de trascendencia después de la vida natural, el MAS ALLÁ, es por ello que la introducción en la FE de nuestros menores es de tanta importancia, los debemos de blindar contra los estereotipos anticristianos y anticlericales que tanto pululan entre los intelectualoides y muchos de ellos están incrustados en los medios de comunicación masiva. Son hijos de la ignorancia, del materialismo y sobre todo de la carencia de FE.
Jorge Casas y Sánchez.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

PRIMERA PREDICACIÓN DE ADVIENTO DEL PADRE CANTALAMESSA.

AMIGOS QUERIDOS TODOS, SE ACERCA EL FIN DEL AÑO Y LAS PASCUAS DE LA NAVIDAD, POR LO QUE QUIERO QUE LAS ÚLTIMAS MEDITACIONES QUE SE PUBLIQUEN EN TAN SEÑALADAS FECHAS SEAN ALGO ESPECIAL, POR TANTO EN ESTA ENTRADA RECURRO AL PREDICADOR DE LA ANTA SEDE DESDE HACE MUCHOS AÑOS, EL PADRE CANTALAMESSA, QUIEN NO NECESITA COMENTARIOS, TAN SOLO QUIERO DECIRLES QUE SU PORTAL SE PUEDE CONSULTAR CON SUMA FACILIDAD Y RESULTA DE LO MAS ILUSTRATIVO, LO MENCIONO PARA AQUELLOS QUE AÚN NO LO HAYAN CONOCIDO.ATENTAMENTE, Jorge Casas y Sánchez.

ROMA, domingo 4 diciembre 2011 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la primera predicación del padre Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, en este Adviento 2011, realizada este viernes 2 de diciembre en el Vaticano.
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Raniero Cantalamessa OFM cap
En respuesta al llamamiento del sumo pontífice a un compromiso renovado de evangelización y como preparación al Sínodo de los Obispos de 2012 sobre el mismo argumento, me propongo especificar, en estas meditaciones de Adviento, cuatro olas de evangelización en la historia de la Iglesia, es decir cuatro momentos en los que se asiste a una aceleración o a un retomar el compromiso misionero. Estas son:
1.- La expansión del cristianismo en los tres primeros siglos de vida, hasta la vigilia del edicto de Constantino que tiene como protagonistas a los profetas itinerantes, en primer lugar, y después a los obispos;
2.- Los siglos VI al IX en los que asistimos a la reevangelización de Europa después de las invasiones bárbaras, obra sobre todo de los monjes;
3.- El siglo XVI, con el descubrimiento y la conversión al cristianismo de los pueblos del “nuevo mundo”, obra sobre todo de los frailes:
4.- La época actual que ve a la Iglesia comprometida con una reevangelización del Occidente secularizado, con la participación determinante de los laicos.
En cada uno de estos momentos intentaré iluminar lo que podemos aprender en la Iglesia de hoy: qué errores hay que evitar y qué ejemplos hay que imitar y qué aportación específica pueden dar a la evangelización los pastores, monjes, los religiosos de vida activa y los laicos.
1. La difusión del cristianismo en los tres primeros siglos
Comenzamos hoy con una reflexión sobre la evangelización cristiana en los tres primeros siglos. Un motivo hace de este periodo un modelo para todos los tiempos. Es el periodo en el que el cristianismo hace camino por su propia fuerza. No hay “ningún brazo secular” que lo apoye; las conversiones no se determinan por ventajas externas, materiales o culturales; ser cristianos no es una costumbre o una moda, sino una elección contra corriente, a menudo a riesgo de la propia vida. En ciertos aspectos es la misma situación que se ha vuelto a dar en muchas partes del mundo.
La fe cristiana nace con una apertura universal. Jesús había dicho a sus apóstoles que vayan a “todo el mundo” (Mc 16,15), que “hagan discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19), que sean testigos “hasta los confines de la tierra” (Hch 1,8), que “prediquen a todos los pueblos la conversión y el perdón de los pecados” (Lc 24,47).
La actuación de principio de esta universalidad se da ya en la generación apostólica, no sin dificultades o heridas. El día de Pentecostés se supera la primera barrera, la de la raza (los tres mil convertidos pertenecían a pueblos distintos, pero eran todos creyentes judíos); en casa de Cornelio y en el llamado Concilio de Jerusalén, sobre todo por impulso de Pablo, se supera la barrera más difícil de todas, la religiosa que dividía a los judíos de los gentiles. El evangelio tiene ante sí al mundo entero, aunque momentáneamente este mundo es limitado, en el conocimiento de los hombres, a la cuenca mediterránea y a los confines del Imperio Romano.
Más complejo es seguir la expansión de hecho o geográfica del cristianismo en los primeros tres siglos que, sin embargo, es menos necesario para nuestro objetivo. El estudio más completo y, hasta ahora no superado, a este respecto es el de Adolph Harnack, Misión y expansión del cristianismo en los tres primeros siglos1.
Una fuerte intensificación de la actividad misionera de la Iglesia tuvo lugar bajo el mando del emperador Cómodo (180-192) y después, en la segunda mitad del siglo III, es decir hasta la víspera de la gran persecución de Diocleciano (302). Este, aparte de las esporádicas persecuciones locales, fue un periodo de paz relativa que permitió a la Iglesia naciente el poder consolidarse en su interior, desarrollando una actividad misionera de una forma nueva.
Veamos en qué consiste esta novedad. En los primeros dos siglos la propagación de la fe se confiaba a la iniciativa personal. Se trataba de profetas itinerantes, de los que habla la Didaché, que se trasladaban de sitio a sitio; muchas conversiones se debían al contacto personal, favorecido por el trabajo común ejercitado, de los viajes y de las relaciones comerciales, del servicio militar y de otras circunstancias de la vida. Orígenes nos da una descripción conmovedora del celo de estos primeros misioneros:
“Los cristianos hacen todos los esfuerzos posibles para difundir la fe sobre la tierra, Para este fin algunos de ellos se proponen formalmente como deber de sus vidas, peregrinar de ciudad en ciudad, también de pueblo en pueblo para ganar nuevos fieles al Señor. No se dirá que lo hacen para beneficiarse, porque a menudo rechazan hasta los más necesario para vivir”2.
Ahora, en la segunda mitad del siglo III, estas iniciativas personales se coordinan cada vez más y en parte se sustituyen por las comunidades locales. El obispo, también reaccionando a los impulsos disgregatorios de la herejía gnóstica, adquiere la supremacía sobre los maestros, como director de la vida interna de la comunidad y centro propulsor de su actividad misionera. La comunidad es el sujeto evangelizador, hasta tal punto que un estudioso como Harnack afirma: “Debemos dar por cierto que la sola existencia y trabajo constante de las comunidades individuales fue el principal coeficiente en la propagación del cristianismo”3.
Hacia el final del siglo III, la fe cristiana penetró prácticamente en cada estrato de la sociedad, tiene su literatura en lengua griega y una, aunque en sus comienzos, en lengua latina; posee una sólida organización interna; comienza a construir edificios cada vez más grandes, signo del crecimiento del número de creyentes. La gran persecución de Diocleciano, aparte de las numerosas víctimas, no hizo más que mostrar la fuerza inexpugnable de la fe cristiana. El último enfrentamiento entre el imperio y el cristianismo fue la prueba de esto.
Constantino no hace más que constatar la nueva relación de fuerzas. No fue él quien impuso el cristianismo al pueblo, sino el pueblo quien le impuso a él el cristianismo. Afirmaciones como la de Dan Brown en la novela El Código Da Vinci, y de otros escritores, según las cuales fue Constantino el que, por motivos personales, transformó con su edicto de tolerancia y con el Concilio de Nicea, a una oscura secta religiosa judía en la religión del imperio, se funda en una total ignorancia de lo que precedió a estos sucesos.
2. Las razones del éxito
Un tema que ha apasionado siempre a los historiadores es el de las razones del triunfo del cristianismo. ¡Un mensaje nacido en un oscuro y despreciado rincón del imperio, entre personas sencillas, sin cultura y sin poder, en menos de tres siglos se extiende por todo el mundo conocido, subyugando a la refinadísima cultura de los griegos y la potencia imperial de Roma!
Entre las distintas razones del éxito, alguno insiste en el amor cristiano y en el ejercicio activo de la caridad, hasta hacer de esta “el factor individual más potente del éxito de la fe cristiana”, hasta el punto que indujo, más tarde, al emperador Juliano el Apóstata a dotar al paganismo de análogas obras caritativas para hacer frente a este éxito4.
Harnack, por su parte, da gran importancia a lo que él llama la naturaleza “sincretista” de la fe cristiana, es decir la capacidad de conciliar en sí misma tendencias opuestas y distintos valores presentes en las religiones y en la cultura de la época. El cristianismo se presenta a la vez como la religión del Espíritu y de la potencia, es decir acompañada de signos sobrenaturales, carismas y milagros, y como la religión de la razón y del Logos integral, “la verdadera filosofía”, como decía Justino Mártir. Los autores cristianos son “los racionalistas de lo sobrenatural”5, afirma Harnack citando el dicho de san Pablo sobre la fe “como obsequio racional” (Rom 12,1).
De tal modo el cristianismo reúne en sí mismo, en equilibrio perfecto, lo que el filósofo Nietzsche define como el elemento apolíneo y el elemento dionisíaco de la religión griega, el Logos y el Pneuma, el orden y el entusiasmo, la medida y el exceso. Es lo que, al menos en parte, entendían los Padres de la Iglesia con el tema de la “sobria ebriedad del Espíritu”.
“La religión cristiana --escribe Harnack al final de su monumental investigación--, desde el principio se presentó con una universalidad que le permitió abocar en sí toda la vida entera, con todas sus funciones, sus alturas y sus profundidades, sentimientos, pensamientos y acciones. Este fue el espíritu de universalidad que le aseguró la victoria. Fue esto lo que le condujo a profesar que el Jesús que anunciaba era el Logos divino... Así se ilumina con una nueva luz y aparece casi como una necesidad incluso la potente atracción con la que llega a absorber y a subordinar en sí el helenismo. Todo lo que era capaz de vida entró como elemento en su construcción... ¿Y esta religión no debía vencer?”6.
La impresión que se tiene al leer esta síntesis es que el éxito del cristianismo se debió a un conjunto de factores. Algunos han ido más allá en la búsqueda de las razones de tal éxito hasta concretar veinte causas a favor de la fe y otras tantas que actuaban en sentido contrario, como si el éxito final dependiera de que prevaleciesen las primeras sobre las segundas.
Ahora quisiera iluminar el límite inherente a tal enfoque histórico, incluso cuando se hace por historiadores creyentes como los que ahora he tenido en cuenta. El límite, debido al mismo método histórico, es el de dar más importancia al sujeto que al objeto de la misión, más a los evangelizadores y a las condiciones en las que esta se desarrolla, que a su contenido.
El motivo que me empuja a hacerlo es que este también es el límite y el peligro inherente a tantos enfoques actuales y mediáticos, cuando se habla de una nueva evangelización. Se olvida una cosa sencillísima: que Jesús había dado él mismo, como anticipo, una explicación de la difusión de su Evangelio y de ella hay que volver a partir cada vez que se asume un nuevo compromiso misionero.
Volvamos a escuchar dos breves parábolas evangélicas, la de la semilla que crece incluso de noche y la de la semilla de mostaza.
“Decía: El Reino de Dios es como un hombre que echa la semilla en la tierra: sea que duerma o se levante, de noche y de día, la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra por sí misma produce primero un tallo, luego una espiga, y al fin grano abundante en la espiga. Cuando el fruto está a punto, él aplica en seguida la hoz, porque ha llegado el tiempo de la cosecha” (Mc 4, 26-29).
Esta parábola, por sí misma dice que la razón esencial del éxito de la misión cristiana no viene desde el exterior sino del interior, no es obra del sembrador y ni siquiera principalmente del terreno sino de la semilla. La semilla no puede lanzarse a sí misma, y sin embargo, germina por su propia fuerza. Después de haber sembrado la semilla, el sembrador se puede ir a dormir porque la vida de la semilla no depende más de él. Cuando esta semilla es “la semilla que cae en tierra y muere”, es decir Jesucristo, nada podrá impedir que esta “dé mucho fruto”. Se pueden dar, de estos frutos, todas las explicaciones que se quieran, pero estas se quedan siempre en la superficie no llegarán nunca a lo esencial.
Quien percibió con lucidez la prioridad del objeto del anuncio sobre el sujeto es el apóstol Pablo: “Yo planté y Apolo regó, pero el que ha hecho crecer es Dios”. Estas palabras parecen un comentario a la parábola de Jesús. No se trata de tres operaciones de la misma importancia, de hecho el apóstol añade: “Ni el que planta ni el que riega valen algo, sino Dios, que hace crecer” (1 Cor 3, 6-7). La misma distancia cualitativa entre el sujeto y el objeto del anuncio está presente en otro texto del Apóstol: “Pero nosotros llevamos ese tesoro en recipientes de barro, para que se vea bien que este poder extraordinario no procede de nosotros, sino de Dios” (2 Cor 4,7). Todo esto se traduce en las exclamaciones: “No nos predicamos a nosotros mismos, ¡sino a Cristo Jesús Señor!” y de nuevo “Nosotros predicamos a Cristo crucificado”.
Jesús pronunció una segunda parábola, basada en la imagen de la semilla, que explica el éxito de la misión cristiana y que hoy se tiene que tener en cuenta, frente a la gran tarea de reevangelizar el mundo secularizado.
“También decía: '¿Con qué podríamos comparar el Reino de Dios? ¿Qué parábola nos servirá para representarlo? Se parece a un grano de mostaza. Cuando se siembra, es la más pequeña de todas las semillas de la tierra, pero, una vez sembrada, crece y llega a ser la más grande de todas las verduras, y extiende tanto sus ramas que los pájaros del cielo se cobijan a su sombra'” (Mc 4,30-32).
La enseñanza que Cristo nos da con esta parábola es que su Evangelio y su misma persona es lo más pequeño que existe en la tierra porque no hay nada más pequeño y débil que una vida que termina en una muerte de cruz. Sin embargo, esta pequeña “semilla de mostaza” está destinada a convertirse en un árbol inmenso, que es capaz de acoger en sus ramas a todos los pájaros que se refugian en él. Esto significa que toda la creación, absolutamente toda, irá a buscar allí refugio.
¡Qué diferencia respecto a las reconstrucciones históricas mencionadas antes! Allí parecía todo incierto, aleatorio, suspendido entre el éxito y el fracaso; ¡aquí todo estaba decidido y asegurado desde el principio! Como conclusión del episodio de la unción de Betania, Jesús pronunció estas palabras: “Os aseguro que allí donde se proclame esta Buena Noticia, en todo el mundo, se contará también en su memoria lo que ella hizo” (Mt 26,13). La misma tranquila conciencia de que un día su mensaje se difundiría “al mundo entero”. Y no se trata ciertamente de una profecía post eventum, porque en ese momento todo parecía presagiar lo contrario.
También en esta ocasión quien captó “el misterio escondido” fue Pablo. Me llama la atención, siempre, un hecho. El Apóstol predicó en el Aerópago de Atenas y vió el rechazo del mensaje, educadamente expresado con la promesa de escucharlo en otra ocasión. Desde Corinto adonde fue justo después, escribió la Carta a los Romanos en la que afirmaba haber recibido el deber de llevar a “la obediencia de la fe a todas las gentes” (Rom 1, 5-6).
El fracaso no desanimó su confianza en el mensaje: “Yo no me avergüenzo del Evangelio, porque es el poder de Dios para la salvación de todos los que creen: de los judíos en primer lugar, y después de los que no lo son” (Rom 1,16).
“Cada árbol, dice Jesús, se reconoce por su fruto” (Lc 6,44). Esto vale para todos los árboles, excepto para el que nació de Él, el cristianismo (de hecho él habla aquí de los hombres); este único árbol no se conoce por los frutos, sino por la raíz. En el cristianismo la plenitud no está al final, como en la dialéctica hegeliana del devenir (“verdadero es lo entero”), sino que está al principio; ningún fruto, ni siquiera los más grandes santos, añaden algo a la perfección del modelo. En este sentido tiene razón quien afirma que “el cristianismo no es perfectible”7.
3. Sembrar e … irse a dormir
Lo que los historiadores de los orígenes cristianos no cuentan o dan poca importancia es la certeza indestructible que los cristianos de entonces, al menos los mejores de ellos, tenían sobre la bondad y la victoria final de su causa. “Podéis matarnos pero no podéis herirnos”, decía el mártir Justino al juez romano que lo condenaba a muerte. Al final, fue esta tranquila certeza que les aseguró la victoria y convenció a las autoridades políticas de la inutilidad de sus esfuerzos por suprimir la fe cristiana.
Esto es lo que más necesitamos hoy: despertar en los cristianos, al menos en los que pretenden dedicarse a la obra de la reevangelización, la certeza íntima de la verdad de lo que anuncian. “La Iglesia, dijo una vez Pablo VI, necesita retomar el ansia, el gusto y la certeza de su verdad”8. Debemos creer, nosotros los primeros, en lo que anunciamos; pero creerlo verdaderamente, “con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente”. Debemos poder decir con Pablo: “Pero teniendo ese mismo espíritu de fe, del que dice la Escritura: Creí, y por eso hablé, también nosotros creemos, y por lo tanto, hablamos” (2 Cor 4,13).
La tarea práctica que las dos parábolas de Jesús nos asignan es la de sembrar. Sembrar con generosidad “a tiempo y a destiempo” (2 Tim 4,2). El sembrador de la parábola que sale a sembrar no se preocupa por el hecho de que parte de la semilla termine en el camino o entre las espinas, ¡y pensar que el sembrador, aparte de la metáfora, es el mismo Jesús! El motivo es que en este caso no se puede saber qué terreno será el adecuado, o cuál será duro como el asfalto y asfixiante como un arbusto. Está en medio la libertad humana que el hombre no puede prever y que Dios no puede violar. Cuántas veces entre las personas que han escuchado una cierta predicación o que han leído un cierto libro, se descubre que quien lo ha tomado más en serio o ha cambiado su vida era la persona de quien menos se esperaba, uno que, quizás, estaba allí por casualidad o en contra de su voluntad. Yo mismo podría contar decenas de casos.
Sembrar y ¡después.... irse a dormir! Es decir sembrar y no quedarse allí todo el tiempo a mirar, a ver dónde surge, cuántos centímetros crece al día. El arraigo y el crecimiento no es asunto nuestro, sino de Dios y del que escucha. Un gran humorista inglés del s. XIX, Jerome Klapka Jerome, dice que el mejor modo de retrasar la ebullición del agua en un puchero es mirarlo todo el tiempo y esperar con impaciencia.
Hacer lo contrario es fuente inevitable de inquietud y de impaciencia: todas las cosas que a Jesús no le gustan y que Él no hacía nunca cuando estaba en la tierra. En el evangelio Él no parece tener nunca prisa. “No esté por tanto preocupados por el mañana; el mañana se preocupa de sí mismo. A cada día le basta su afán” (Mt 6,34).
A este respecto, el poeta creyente Charles Péguy pone en boca de Dios palabras que también nos hará bien meditar a nosotros: “Se me dice que hay hombres/que trabajan bien y duermen mal,/que no duermen. Qué falta de fe en mí./Es casi más grave/que no trabajasen pero que durmiesen, porque la pereza/No es un pecado más grave que el ansia.../No hablo, dice Dios, de aquellos hombres/Que no trabajan y que no duermen./Estos son unos pecadores, por supuesto.../Hablo de los que trabajan y no duermen/Los compadezco. No tienen confianza en mí.../Gobiernan muy bien sus asuntos durante el día./Pero no quieren confiarme el gobierno durante la noche.../Quien no duerme es infiel a la Esperanza...”9.
Las reflexiones desarrolladas en esta meditación nos empujan, como conclusión, a poner en la base del compromiso por una nueva evangelización un gran acto de fe y de esperanza que se sacuda todo sentido de impotencia y de resignación. Tenemos ante nosotros, es verdad, un mundo cerrado en su secularismo, embriagado por los éxitos de la técnica y por las posibilidades ofrecidas por la ciencia, que rechaza el anuncio evangélico. Pero ¿era quizás menos seguro de sí mismo y menos refractario al Evangelio el mundo en el que vivían los primeros cristianos, los griegos con su sabiduría y el imperio romano con su potencia?
Si hay una cosa que podemos hacer, después de haber “sembrado” es la de “regar” con la oración la semilla sembrada. Por esto terminamos con la oración que la liturgia nos hace recitar en la misa “por la evangelización de los pueblos”:
“Oh Dios, tú que quieres que todos los hombres se salven,/y lleguen al conocimiento de la verdad;/mira qué grande es la mies y manda a tus obreros,/para que se anuncie el Evangelio a todas las criaturas/y tu pueblo reunido por la palabra de vida/y formado por la fuerza de los sacramentos,/progrese en el camino de la salvación y del amor”.
Por Cristo, nuestro Señor. Amén